Era la primera vez, por lo tanto estaba nervioso como nunca me imaginé estarlo, y es que ella se hizo presente así de la nada presentando sus dos enormes armas con las que hasta los más valientes dan por perdida la batalla. Se vino como dos glaciares en formación, expandiéndose al mismo tiempo que retrocedía y avanzaba en aquella villa de algodón, y de una temblorosa y exitada caña de azucar que se movia al vaivén del cielo y al ritmo endemoniado de un compás con mucho sabor. Si tocaba el cielo es que habia muerto, si tocaba el infierno es que me habia quemado, y si tocaba los dos es que me habia muerto quemado en la locura de la experimentación de algo tan sabroso, pecaminoso y bien vivido por gracia de Dios.
El tiempo cruel testigo no dejaba de caminar; la hora volaba sobre aquellas dos montañas movidas por la fe (Será que de allí salió la frase de que la fe mueve montañas). La mirada exitada de colegiala traviesa de aquella muchacha de las mil lunas que no daba marcha atrás a su trabajo nuevo que con esmero empezó en trabajar. La mirada curiosa y la mirada hacia abajo, con el ojo puesto en el don señor que sacándose el sombrero saludaba a la ferviente mujer trabajadora de la fábrica de placeres que el mundo aplaudía sin cesar. Mientras la sangre me hervía, y no era de coraje sino de lava incandecente que quemaba mis músculos, y que carcomía mis huesos haciéndome sentir el salvajismo que todo ser humano tiene en algún sitio escondido de su ser animal. El león dormido que al fín despertó, el león en plena Africa en busca de alimento rugiendo incansablemente de desesperación, de deseo y sobretodo de mucho amor.
Las masas polares de aquella Rusia fría, las masas polares que abrigadoras daban amor al palo frío de las estepas. Dos cuerpos que se juntan de la manera extraña, dos cuerpos que enloquecen al tener el contacto del calor humano que en estos tiempos muchas veces nos falta. Puedo decir que he vivido, puedo morir tranquilo porque una Rusa me visitó, una Rusa me enamoró, una Rusa desencadenó lo que hace tiempo andaba dormido. Y tuvo que venir desde muy lejos, de aquellas tierras desconocidas con un relój marcando la indiferencia y la melancolía. Fue mi primera vez, y nervioso y exitado lo recibí como aquel niño que recibe su primer regalo de navidad, y aunque estemos en pleno verano, fue un regalazo de esos que no se recibe así nomás. El amor y otros demonios, cosquillas que volverán sobre la primavera gris en donde mi corazón se entregó para amar.

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