El relój viejo pegado ya muchos años en aquella pared del comedor marcaba las 6:45 de la noche cuando Alberto se puso de pie luego de terminar su exquisita sopa de frejoles y su dulce camote sancochado que su mujer le había preparado. “Bueno me voy mujer. En la comisaría no somos muchos ya que el comandante y tres compañeros se fueron a la capital a pedir refuerzos. Regreso mañana en la mañana cuando ellos regresen,” la paz reinante de una cena familiar cambió tan bruscamente que el solo respirar era tan doloroso. Norma solo afirmó con la cabeza mientras se llevaba los platos sucios a la cocina aunque su corazonada de mujer preocupada hiciera que le temblara un poco las manos.
Apenas Alberto cerró la puerta, Maria empezó a rezar al Señor de los Milagros que tenía en la cabecera de su cama donde de rodillas pidió por su esposo y por todos los policias que se encontraban en la comisaria Ocobamba, mientras tanto su corazón seguia retumbando tan fuerte que se podía oír en toda la habitación. El relój viejo marcaba las 7 en punto de la noche cuando se quebró la calma y el silencio en ruido se volvió. Una explosión hizo que temblara las viejas casas de quincha, madera y barro, y luego los disparos en diferentes direcciones se mezclaba con los gritos y los llantos de mujeres y menores. Norma con toda la adrenalina que eso origina interrumpió su rezo y corrió como no lo hacia desde la secundaria, corrió con el viento, corrió como en guerra, corrió y al girar la esquina de la vieja plazuela, el tiempo se detuvo y todo se volvió lento doloroso.
La comisaría ardía en llamas, los vecinos con su baldes de agua intentaban desesperadamente apagarla desde afuera, los gritos, los llantos, el caos reinaba cuando el grito de Norma retumbó que despertó a los muertos, corrió entre las personas y se metió en la comisaría entre las llamas. Tropezó con un muerto, con otro, con una mesa puesta como barricada, saltó muebles y sillas, y patiando casquillos y cartuchos de balas hasta que una figura de espaldas y tirada en el suelo apenas se movía. “Alberto, Alberto mi amor!!, Alberto, estoy aquí” decía constantemente una mujer desesperada mientras veía los últimos respiros del quien fue su esposo y que ahora moría en sus brazos. Los refuerzos llegaron por la mañana y lo único que quedaba era la comisaría incendiada y una pinta en la pared chamuscada que decía: “Salvo el poder, todo es ilusión. Asaltar los cielos con la fuerza del fusíl.”
