El sol enternecedor de días calmados llaman a la puerta sorpresas de cosas que no me han pasado. Durante mi larga y a la vez corta vida nadie me dijo esa pregunta que en muchos rincones se oye con eco cortante de flores cohibidas. Nadie me invitó esa sustancia que mata y envenena, que hace que vivas, flotes y suspires a través de la imaginación, de plantas procesadas o sin procesar, de ramitos, de líneas, de polvos y pajillas. Creo sentirme orgulloso de no haberlas probado ahorrándome neuronas que necesitaré tarde o temprano. Pero no sé si yo fuí el fuerte que rechazó con una rotunda negativa el ofrecimiento del diablo, o solo fue que nadie me invitó esa delicia y perdición de muchos en este mundo ahorcado. Como saber si yo, soy el buen muchacho educado si nadie en mi rápida vida me ha ofrecido lo prohibido que mueve millones en este mundo maldito. Como saber si soy un guerrero si esta batalla no la he peleado, ni pienso hacerlo.
A mi memoria vuelven cosas del pasado, amigos, buenos amigos
que tenian el vicio de destrozar su nariz con líneas de polvo mágico o hierbas rojizas sembradas quien sabe en que campo. Simbad, el morocho brasileño, que acabó varado en el tumultuoso querido Barrios Altos. Simbad era primo de todos, o al menos eso se jactaba él en sus cambiantes estados de ánimo. El nunca me ofreció esa sustancia que se me metia en algún rincón oscuro de alguna quinta maltrecha, más bien él me decia que no siga sus pasos, que me aleje de ella. Fueron decenas de veces que lo vimos tambaleándose, apenas se le entendía cuando quería explicarnos de donde venía, y mentira tras otra mentira, veíamos como él se destruía. Su percudida camiseta brasileña con cuatro estrellas, la única que tenía, recuerdo de su enorme país que dejó con nostalgia por problemas con su abuela. Y ahora que me encuentro tan lejos, me pregunto donde estará aquel moreno tieso de los ojos cansados, estará vivo o yacerá en un nicho clandestino.
Su nombre era Raúl, un amigo de la infancia, deportista, pelionero y fumón de pocas palabras. Compartí muchas anécdotas al lado de él, y por un buen tiempo me la pasé en su casa, ya que andaba enamorado de Lorenita, una rubia niña que vivia en la quinta de al frente y a la cual muchos afanaban pero nadie la conseguía. Me ofreció su amistad en tiempos de primaria, antes de su devacle en el mundo de las drogas, ese abismo profundo del cual muchos entran y pocos salen. Luego que todos nos fuimos a diferentes colegios para terminar la secundaria, el contacto con Raul se minimizó a encuentros casuales en el barrio querido de partidos de fulbito, de anticuchos, de rachi, de robos y morenos corriendo con cosas entre los brazos y miradas de luto.
Alguien me contó que él andaba en drogas, luego fueron dos, y luego fueron tres, yo no queria creerles por el recuerdo de aquel joven luchador que lloró en la final perdida en el último campeonato de la primaria querida. Luego vino la hecatombe, fueron sus propias palabras las que confirmaron los rumores. Tenia en su casa su propia plantación, abastecimiento para noches de orgías en pleno éxtasis de acción. Sin embargo, a diferencia de Simbad, Raúl tuvo final felíz y por ironias de la vida fue una danza brasileña la que lo sacó de ese bajo mundo en el que vivía. Un abrazo a la distancia buen amigo y bienvenido a la sociedad que abraza a sus hijos perdidos.
Yo no sé como sería mi vida, si la hubiera consumido. Quizás más lamentable, quizás más triste y meláncolica que esta tarde. Y aunque tengo muchos ejemplos que contar, con estos dos amigos basta para darme cuenta que lo que nunca me invitaron, mata y destroza pequeños mundos que no ven florecer sus semillas al sembrar. Si alguien viniese mañana y me ofreciera cualquier sustancia tóxica para la mente humana, diria un NO rotundo, un NO inquebrantable, un NO del que se sientan orgullos mis amigos y familiares. Es que seres como uno, que nos mantenemos limpios, somos únicos en el universo, en el mundo que se destruye en cada verso. Es mejor ir caminando respirando aire y aliento, que ir vagando con la cabeza baja y la naríz destrozada por las inhalaciones que ya tanto daño nos ha hecho. Nadie me invitó, y creo que nadie piensa hacerlo, y las drogas solo las miraré desde lejos.